• Abg. Agustín Ardizzone

Columnas de Cuarentena Vol. 2

Resulta evidente que el año 2020 nos marcó a todos. Muchos sentiremos que fue un año perdido, un año que vimos pasar frente a nuestros ojos, cerca, a nuestro alcance, pero que se escurrió de nuestras manos. Como meros testigos del transcurso del tiempo.


Cada uno sabrá cómo vivió -o sobrevivió- al año y a su principal protagonista: el aislamiento. Es posible que hasta haya quien lo disfrutó, las circunstancias particulares que rodean a cada individuo son únicas y por eso nada debe sorprendernos. Pero creo firmemente que represento a una gran mayoría cuando sostengo que este año no fue fácil, no fue rápido, ni fue sano. Pero ya está. Llegamos al fin de año, y el 2020 terminó.


Es bien sabido que los fines de año se destacan por las reuniones familiares y sociales, pero existe otro elemento que los caracteriza: fin de año es una época de balances. Sucede que nos permitimos un momento íntimo, reflexivo, donde confrontamos nuestros objetivos anuales contra lo efectivamente alcanzado o logrado. Nos rendimos cuentas a nosotros mismos, para así formar una conclusión respecto del año y consecuentemente establecer objetivos y correcciones para el año subsiguiente.


Ahora bien, ¿qué balance se puede hacer de este año?, ¿acaso hemos cumplido con los objetivos que nos habíamos propuesto? Lo dudo, no fue un año fácil. Y entonces me pregunto: Tal como se dieron las cosas, ¿sería correcto calificarlo como un año perdido?


Una respuesta apresurada se inclinaría por la afirmativa, pero una breve reflexión me obliga a pensar en sentido opuesto: lejos estuvo de ser un año perdido.


Para entender el porqué de tal afirmación debemos primero hablar de la historia. Sin pretender alejarnos demasiado del propósito de estas líneas, se podría esbozar una humilde definición de la historia afirmando que es la secuencia de acontecimientos o sucesos que se dan en el transcurso del tiempo. Dentro de estos acontecimientos, los hay aquellos que se revelan con una importancia tal que los transforma en puntos de inflexión, en hitos generadores de un cambio en el paradigma predominante de su época; están los otros, aquellos que se caracterizan por revestir de escasa trascendencia, la cual conlleva a que de no haber sucedido, nada hubiese cambiado; y finalmente están aquellos que ese encuentran en algún punto intermedio entre ambos extremos. Y el hecho de poder categorizarlos de esa manera no es una cuestión menor, puesto que nos enseña que todos los acontecimientos son historia, pero no todos ellos hacen historia.


Nuestros abuelos, padres e incluso nosotros, hemos tenido la posibilidad de presenciar algunos de esos eventos cumbre: la Segunda Guerra Mundial, la llegada del hombre a la luna, la caída del muro de Berlín, el atentado a las Torres Gemelas, entre otros. Y si queremos pensar en términos domésticos podríamos citar a la crisis del 2001 como uno de ellos. Ahora bien, ¿qué rasgo común comparten estos sucesos? Que todos ellos marcaron el fin de algo para dar lugar a lo nuevo, se impusieron por sobre el statu quo de su momento.


La pandemia de Covid-19 también debe incluirse dentro de ese grupo de acontecimientos, empero existe un detalle que la destaca por sobre el resto: ninguno de ellos adquirió la masividad que revistió la pandemia, ninguno fue tan globalizado. La pandemia nos afectó, y aún lo hace, de forma directa a cada uno de nosotros, sin hacer diferencias. Irrumpió con igual violencia tanto en Bélgica, como en Perú y Birmania, no fue una cuestión entre países, pueblos o grupos de personas; sino que de la humanidad en su conjunto. Sin bandos, ni buenos ni malos, todos los hombres en el mismo barco, para bien o para mal, remaron hacia el mismo lado, unidos en la incertidumbre de no conocer las armas para defenderse de un enemigo invisible.


Ya sostuve que se podría considerar el año 2020 como perdido, es cierto que el virus paralizó el mundo; pero la realidad es mucho más compleja. Porque también es cierto que el 2020 nos hizo protagonistas de la historia por el simple hecho de vivirla en carne propia. El año sirvió de escenario para el evento global de mayor envergadura de la historia, y fuimos nosotros sus participantes, sus héroes, y en algunos casos, sus villanos. Y eso, es algo que no sucede con frecuencia; y es muy probable, que en el tiempo que nos queda de vida no atravesemos otra situación de semejante magnitud.


La pandemia más temprano que tarde será vencida, actualmente ya se están produciendo varias vacunas y quedan muchas más aún en fase de desarrollo. El primer paso para la victoria del hombre está dado, y fue esta sociedad, la que todos nosotros conformamos, la que lo dio. Somos los que a la hora de la verdad, prevalecimos por sobre el virus. Y si bien es cierto que cuando se cierre definitivamente el capítulo de la pandemia nuestros nombres no quedarán registrados en los libros de historia, sí sabremos que nosotros fuimos los resilientes vencedores. Y en algún futuro, las nuevas generaciones serán las que nos pregunten cómo se vivió la pandemia, y entonces, como los protagonistas que fuimos, podremos contestar, y así reafirmaremos nuestro humilde lugar en la historia.

Lo que digo quizás hoy no se note, quizás no se pueda apreciar. Los daños que nos provocó la pandemia son muy recientes y es posible que no permitan que sintamos las cosas de esta manera (por momentos ni yo estoy seguro de que así sean), pero cuando sanen las heridas, y podamos mirar en retrospectiva, el tiempo demostrará que tengo razón.


A título de cierre, si me preguntan, sinceramente hubiese preferido un 2020 más convencional, pero lamentablemente uno debe conformarse con lo que hay, y si es posible, aprender a valorarlo. En fin, les deseo tengan un feliz 2021 a todos, y espero que el año que comienza sea un poco más corriente, ya que, sonará raro decirlo, pero suele ser más cómodo que la historia la escriban los demás.


Abg. Agustín Ardizzone


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